Catamarán frente a una playa de arena blanca y agua turquesa en Curazao

Mi experiencia viajando sola a los 55: Miedo, llanto y la mejor semana del año

Este año me animé por primera vez a irme una semana entera de vacaciones sola. Hace un par de semanas viajé a una playa hermosa del Caribe, con mi alma como única compañía. La primera noche estaba tan incómoda que terminé llorando antes de irme a dormir. Pero la historia no terminó ahí.

Para entender cómo llegué a esa noche, tengo que volver unos cuantos años atrás.

Cómo empezó todo

Por algún motivo, en esta vida los viajes fueron y son moneda corriente. Allá por 1997 empecé a viajar por trabajo. Mi primer viaje fue muy intimidante. Tenía 26 años y había volado en avión una sola vez. Nos mandaban a mi jefe y a mí a San Francisco por unos meses. Miedo. Ansiedad. Casi pánico. Me acuerdo de que en la valija, grande como una heladera, me llevé hasta frascos de un litro de shampoo y enjuague. Como si fuera al fin del mundo. Sin embargo, mi parte aventurera le ganó a la conservadora y fui.

Ese fue el inicio de un sinfín de viajes. La mayoría por trabajo; algunos combinaron trabajo y vacaciones, y otros fueron simplemente vacaciones. Cuando viajaba solo por trabajo, generalmente iba sola. Pero el viaje era exacto: salía de casa, llegaba al destino, trabajaba, terminaba y volvía. Punto. Los viajes que combinaban trabajo y vacaciones, o los de vacaciones, siempre fueron con alguien. Podía ser mi pareja, mi sobrina, amigas. Nunca se me había ocurrido que ir sola podía ser una buena idea.

Mar del Plata: el primer paso

Ya pasados los 55 y divorciada, empecé a permitirme pequeños viajes cortos sola. Un poco me cansé de tener que ajustarme a los planes de otros, a cosas o tiempos que no eran los que yo quería.

El primer viaje que hice sola fue en Semana Santa: me fui a Mar del Plata. Tres días. Corto. Un lugar que conozco, que me gusta mucho y que tiene muchas posibilidades. Tomé todos los recaudos. No quería caer en la melancolía del «estoy sola», en la apatía de quedarme tirada en la habitación del hotel, comiendo y sintiendo el peso de la soledad.

No fue así. Salí a correr, viajé hacia el sur a visitar algunos lugares que me gustan, a la vuelta paré a almorzar en un parador de playa, salí a cenar, a caminar, fui a un shopping. Y este viaje sumó un nuevo hito: me animé a ir al cine sola. Poderoso. Disfruté de principio a fin, sabiendo que no tenía que importarme si al otro le gustaba o no la película o la ubicación, y que si quería, en la mitad me podía ir. El poder de la libertad de elegir lo que una quiere.

Esa fue mi primera experiencia. Tuve mis bajones, pero un alto porcentaje fue positivo.

Edimburgo y el permiso para gastar en mí

A principios de este año tuve un viaje de trabajo a Londres y, también por primera vez, planeé irme sola el fin de semana a Edimburgo. Nunca había ido. También fue increíble. De hecho, fue tan bueno que cuando volé de regreso a Londres para mi semana laboral sentí una angustia importante.

Tuve que darme permiso para hacerlo. Irme cuatro días antes de que empezara la reunión, pedirle a alguien que se ocupara de mis gatos, dejar a mi mamá, que es mayor, varios días más sola. Y gastar en mí. Permitirme el lujo de gastar dinero solo en mí. Parece una estupidez, pero me costaba. Es increíble lo fácil que es salir y gastar en una cartera, en ropa o en cualquier otra cosa, pero en un viaje sola me resultaba difícil.

Curazao: redoblar la apuesta

Sintiendo que había completado un camino de aprendizaje, decidí redoblar la apuesta y me fui una semana de vacaciones sola a la isla de Curazao. Antes de hacer los preparativos, aproveché las herramientas de inteligencia artificial que existen hoy y, entre análisis y recomendaciones, armamos el viaje ideal para mí.

Casas de colores del centro de Willemstad, Curazao, frente al agua

¿Qué buscaba? Descansar, desconectar, agua, snorkel, posibilidad de hacer ejercicio, un lugar seguro y opciones de excursiones. Analicé que me iba en septiembre, época de huracanes; la presencia del sargazo en el Caribe; la distancia desde Buenos Aires; los pasajes disponibles y los hoteles con las comodidades que quería. Finalmente decidí pasar una semana en Curazao, en un hotel (no all inclusive) a distancia caminable del centro y con la infraestructura que buscaba: playa privada, restaurantes y gimnasio. Realmente miré muchas opciones de hoteles, fechas y pasajes hasta que concreté la reserva del hotel y el pasaje de avión.

Igual que con Edimburgo, me costó tomar la decisión de irme una semana de vacaciones sola. Gastar el dinero en mí. Pedir ayuda con mis mascotas. Mi mamá. Pero esta vez tenía un poquito más de práctica que la primera. Lo decidí y lo hice.

Unos días antes de viajar me agarró miedo y un poco de angustia. ¿Qué pasaba si llegaba y caía en la apatía? ¿Si el hotel no me gustaba? ¿Si el lugar no era el indicado? Apareció un prejuicio muy fuerte sobre viajar sola. Tuve que enfrentarme a la imagen de verme sola haciendo las cosas, a pensar qué iba a pensar la gente. Ya sé que todos responderíamos «¿qué importa lo que piense el otro?». Pero el prejuicio existe, se me vino a la cabeza, y tuve que enfrentarlo y superarlo.

Antes de irme no la estaba pasando bien. Tenía mucho ruido mental, estaba mal con mi trabajo y con la vida en general, y creo que ese estado influyó en el miedo y la angustia que sentí antes de viajar.

La primera noche

El viaje fue bueno, largo y un poco incómodo, pero llegué en horario y según lo previsto. Cuando aterricé en Curazao tenía que haber alguien del hotel esperándome, pero llegó media hora tarde. Me pegaron el calor, la humedad y el cansancio del viaje. Me pegó también la indiferencia del chofer, que iba hablando por teléfono en el idioma de la isla, y eso aumentó mi incomodidad.

Llegué al hotel. La persona que me atendió en el check-in fue muy amable. Me dieron la llave y me acompañaron a la habitación. Me había tocado un tercer piso. La habitación era muy linda. Mi estado de ánimo, no. Salí al balcón y vi que una palmera enorme me tapaba la vista al mar.

Decidí bajar a cenar y aprovechar para preguntar si podía cambiarme a una habitación con vista al mar. Me dijeron que a partir de dos noches después podían darme una con vista directa. Acepté, aunque me incomodaba no poder acomodar la ropa en los armarios y armarme un espacio agradable para disfrutar.

Busqué un restaurante. Para ese momento, mi ánimo empeoraba minuto a minuto. No me gustó cómo me atendieron, no me gustó el lugar, no me gustó la comida. Volví a la habitación y me puse a llorar.

En ese momento me acordé de algo que me pasa siempre. SIEMPRE que llego a un lugar nuevo, mi primera reacción es negativa. No sé por qué, pero es así. Sabiendo eso, me acosté y me dormí con la esperanza de que al otro día todo tuviera otro color.

Al otro día, otro color

Y así fue. Me desperté temprano y lo primero que hice fue ir al gimnasio. Me encantó. Volví, me bañé y me preparé para la playa. Desayuné y, antes de buscar un lugar en la playa donde me sintiera cómoda, pasé por la recepción para averiguar sobre excursiones. Me dieron la página de una empresa local de tours, y con esa información me fui a instalar a la playa.

Yo sabía que tenía que ocupar los días con cosas que me gustaran. Si dejaba todo el tiempo libre, iba a caer en un aburrimiento que me iba a llevar a pasarla mal.

De los cinco días que duraba el viaje, decidí que ese primer día y uno más me iba a quedar a disfrutar de la playa y del hotel, y que los otros tres iba a hacer excursiones, aunque fueran de día completo. Decidí también cuidar lo que comía durante el día para sentirme bien, y no tomar alcohol de día para disfrutar a pleno. En estas excursiones es normal que haya barra libre todo el tiempo, y no me parecía que eso me fuera a dejar en un buen estado para disfrutar.

Después de esa primera experiencia en la cena, el segundo día elegí otro restaurante con una carta más grande y, específicamente, una mesa con buena vista al mar donde estuviera cómoda. Llevé mi compu por si tenía ganas de escribir un rato, pero la verdad no la necesité. Tomé cada cena y cada desayuno como una oportunidad de disfrute. Aprovechaba para hablar con quienes atendían mi mesa y pedirles recomendaciones. Cada día me sentí más cómoda y disfruté mucho más.

En las excursiones descubrí que siempre había alguien que venía a hablar conmigo. Nunca estuve sola. Nunca me sentí sola.

Lo que aprendí

Todo fue hermoso. Todo salió bien. Aprendí que hay que confiar en el proceso. Que hay que tomar todas las precauciones según la personalidad de cada una. Que hay que entender cuáles son las principales trampas que nos ponemos para quedarnos en la zona de confort.

Aprendí también el poder de la soledad. Tuve mucho tiempo para respirar, para hacer introspección, para conectar con mi ser, para darme cuenta del ruido interno que tenía, para disfrutar y para descansar. Tuve mis momentos de tristeza, pero muchos más momentos de disfrute. Volví a conectar con el deseo y con el disfrute. Volví a recordar cuánto me gusta el agua. No sé si estando con otra persona una puede darse esos lujos.

Cualquier momento sirve para conectar con una misma. Sentarse diez minutos a mirar un árbol, o una pared, simplemente sintiendo la respiración, sirve. Pero cuando eso no fluye, cuando la vida te hizo olvidar lo importante que es, estos momentos, estos regalos que una se da, son como un retiro con una misma.

El desafío al volver es mantener el estado de conexión que logré esos días sola. No perder esa sensación de bienestar de estar en contacto con una misma. Bajar el ruido mental y mantenerlo así. Por eso también escribo esto: como una forma de seguir conectada con el bienestar que me dejó todo el viaje.

El agua que me devolvió el disfrute

Lo que me sirvió

  • Empezar por algo corto y conocido. Mi camino fue Mar del Plata → Edimburgo → Curazao.
  • Elegir un hotel caminable, seguro y con infraestructura: gimnasio, playa, restaurantes.
  • Planificar actividades para no caer en la apatía.
  • Conocer mi «trampa» personal: la primera noche en un lugar nuevo siempre la paso mal, así que no tomo decisiones en ese momento.
  • Reservar excursiones grupales: compañía sin compromiso.
  • Usar la inteligencia artificial para armar el viaje. Elegí la herramienta con la que me sentía más cómoda y simplemente empecé una conversación diciendo: «Me quiero ir a un lugar paradisíaco que no quede muy lejos, no más de seis días. Me gusta el agua, el snorkel, voy sola…». Describí todo lo que quería, lo que no quería y los miedos que tenía. Así empezó la conversación que terminó en el viaje que hice.
Último atardecer en Curazao

Un sí rotundo

Agradezco inmensamente haberme dado esta oportunidad y haber tenido las herramientas para hacerlo y aprovecharlo.

Definitivamente es un SÍ a viajar sola. Casi es un DEBER hacerlo. No importa adónde ni por cuánto tiempo: se trata de ir con la mentalidad de estar con una misma y buscar el disfrute en eso.

¿Alguna vez viajaste sola? ¿Qué te frena?